Cuando en algún lugar recóndito de la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas se producía una defunción, o durante un periodo de tiempo prolongado alguno de los desplazados por aquellos lares no daba señales de vida, solían partir de su población de origen ciertos individuos con peculiares características y un oficio nada envidiable, aunque sí muy necesario. Se trataba de “los buscadores de muertos o recolectores de cadáveres”. Si tenemos en cuenta que los cuerpos podían pasar varias jornadas a la intemperie (a veces semanas), a merced de los animales, de las inclemencias del tiempo y demás, no nos resultaría difícil imaginar el tipo de personas que podían ejercer este singular oficio.
Los buscadores de muertos eran hombres sencillos, respetuosos, fuertes, normalmente solitarios y que no se amilanaban ante la superstición. Su cometido era aparentemente fácil a la vez que tétrico y desagradable: ir con una o varias bestias (normalmente burros o mulas de su propiedad) por los parajes donde se creía podía encontrarse el difunto, localizarlo, cargarlo y transportarlo hasta el cementerio del pueblo.
Estos camposantos normalmente solían ser los de la Iruela o Cazorla (ambas poblaciones al comienzo de la entrada a la serranía), ya que eran de los pocos (apenas existían 4 en toda la basta extensión de tierras que componen el actual territorio) que estaban habilitados como tales.
Ante estos datos una pregunta se nos viene a la cabeza. ¿Por qué no enterrar a los difuntos en la serranía? Consultados al respecto algunos ancianos del lugar, que aún recuerdan con pesar escenas dantescas, destacan que no se debía a nada excesivamente particular, salvo a una necesidad imperiosa y religiosa de enterrar a los difuntos en tierra sagrada, y evitar así problemas con las almas de los mismos.
Y es que el concepto de muerte y sus consecuencias de índole religioso que tenían nuestros mayores era de una condición tal de respeto, temor y superstición que no resulta extraño imaginar las necesidades sociológicas que tenían estos actos entre una población, no lo olvidemos, que dependía casi en su totalidad de los recursos naturales que les daba esa sierra. Un lugar que no podían permitir se llenase de almas errantes que pudiesen querer pedir tributo a los que tras ellos se adentrasen en aquellos parajes.
El camino de los muertos
Cuentas los más viejos del lugar que cuando la comitiva mortuoria se ponía en camino era antes de la puesta de sol. Se intentaba ocultar su partida a los ojos de los supersticiosos ciudadanos que sabían que tan macabra expedición se debía única y exclusivamente a una muerte en la sierra. Muchos eran los que tenían allí familia, amigos o conocidos, y el ver a uno o más individuos con oscuros ropajes, pertrechados para pasar varios días en los agrestes montes y con una misión triste que cumplir no contribuía excesivamente al apaciguamiento y sosiego de los aldeanos.
Los recolectores de cadáveres solían ponerse en marcha desde la Iruela, por un sendero viejo y tortuoso que salía desde una loma a apenas un kilómetro de centro del pueblo. Es muy fácil identificar hoy día ese lugar, ya que hay una antena repetidora de gran tamaño justo en el punto de partida que tenía esta comitiva.
El trayecto, qué duda cabe, se hacía por lugares apartados de la vista no sólo de los lugareños, sino también de aquellos que por circunstancias estaban desplazados por la gran extensión de tierras que conforman la sierra. La causa de éste secretismo no era de índole esotérico o extraño.
Simplemente se debía a que el miedo atenazaba a los que se la encontraban de frente, bien fuese por superstición o por simple rechazo.
Por ello, se procuraba utilizar aquellos lugares de tránsito más apartados y ocultos que evitasen, en la medida de lo posible, causar impacto a los errantes pobladores de aquellos parajes.
Existía un camino predefinido que partiendo de la Iruela llegaba al mismo corazón de la sierra. Este camino estaba, a su vez, plagado de múltiples senderos que desembocaban en el mismo. Recóndito, apartado y sinuoso, el camino de los muertos supuso para muchos trabajadores un verdadero contratiempo; otros, pese al asombro que pueda causarnos, jamás tuvieron constancia
de semejantes senderos, aunque sí se encontraron más de una vez con la tétrica comitiva.
El final de un trayecto tétrico
Transcurridas las horas, puede que días, la comitiva llegaba a alguno de los cementerios habilitados para el enterramiento de cuerpos. Al hacerlo, se procuraba coincidir con horas en los que la luz era escasa (normalmente de noche). Se buscaba que no hubiese contacto visual por parte de la población, no tanto ya por respeto como para evitar el malestar o hacer pasar un mal rato a los habitantes.
Esto, que procuraba un bien para la comunidad, no hacía más que darle un halo de secretismo y esoterismo del que realmente carecía, pero que era inevitable apartar por las circunstancias especiales en las que se desarrollaba.
Uno de esos lugares de enterramiento, como ya habíamos dicho, era el camposanto antiguo de la Iruela. Un lugar tenebroso ya de por sí que sin duda contribuyó más si cabe a potenciar la leyenda negra de estos traslados de cuerpos.
El tramo final, que conducía hacia el interior de un recinto amurallado, es un camino estrecho, empedrado, y con una claustrofóbica entrada que hace varios giros leves pero concisos.
No deja de sorprender lo que la sociología de un acontecimiento útil y medianamente religioso pudo derivar debido a la sugestión, al miedo y al respeto hacia la muerte y su entorno.
Durante años la figura de estos individuos que tenían una labor tan poco grata suscitó el “miedo al encuentro”, un temor que se convirtió en pavor y, de ahí, en leyenda.
Resulta complicado poder recopilar toda la información que nos gustaría al respecto, porque aquellos que se dignan a hablar hoy entonces eran muy niños, y los recuerdos son vagos y difusos. Aún así, la tradición oral de nuestros mayores es una de las fuentes más increíbles de documentación que podemos utilizar… y lamentablemente, la única que no estamos acostumbrados a escuchar.
Información obtenida en ikerjimenez.com