12.31
El cielo era tan oscuro como el carbón y en él titilaban las estrellas con guiños incomprensibles. No habÃa luna. La brisa frÃa y cargada
de humedad azotaba las mejillas de Valeria, desordenaba sus largos cabellos castaños y le producÃa ligeros estremecimientos. Caminaba por el bosque cercano a su casa, con el camisón ondeando alrededor de sus tobillos desnudos. Iba descalza y las piedrecillas del suelo le causaban cortes y magulladuras en las plantas de los pies.
HabÃa despertado en mitad del bosque, estirada bajo un árbol viejo y nudoso que movÃa sus ramas al compás de la brisa. No sabÃa cómo habÃa llegado allÃ, ni qué hacÃa allÃ. Incluso, sabiendo que se hallaba cerca de casa, habÃa perdido toda noción de lugar y era incapaz de orientarse.
Y entonces escuchó el cántico, como un murmullo de agua, arrastrado por la brisa. Y se habÃa dejado guiar por él, sin saber adónde iba o porqué, ni qué le esperaba más allá de los árboles.
En lo más profundo de la espesa arboleda se abrÃa un claro. Un claro iluminado débilmente por la luz rojiza de antorchas. Temerosa, aunque atraÃda hacia el lugar, Valeria se parapetó tras unos arbustos y contempló la escena que se presentaba frente a ella. Doce mujeres de edades muy dispares, desnudas y con el cabello suelto, ejecutaban una extraña y curiosa danza, acompañada de un cántico, el que ella habÃa oÃdo y seguido. Un cántico que no estaba formado de palabras, sólo sonidos, sÃlabas sin significado para Valeria. En el centro del cÃrculo de mujeres habÃa un Ãdolo de piedra, cuyos ojos refulgÃan con el brillo de los rubÃes.
Alguien, en el grupo de mujeres, sintió la presencia de Valeria. La danza y el cántico cesaron y las mujeres se apiñaron en conciliábulo durante unos instantes. Luego se separaron y las dos más mayores se acercaron directamente a los arbustos que escondÃan a Valeria. No le hablaron, simplemente tendieron las manos hacia la chica. ParecÃan darle la bienvenida. Y aunque no hubo palabras, Valeria percibió lo que querÃan de ella, como si existiera entre ellas un lazo telepático.
Estremeciéndose, Valeria aceptó las manos que se le tendÃan y siguió a las mujeres. Caminaron las tres lentamente, cogidas de las manos, Valeria temiendo y deseando aquel contacto. Las dos mujeres la condujeron hasta el Ãdolo de piedra y, suave pero firmemente, la hicieron arrodillarse frente a él. Los ojos de Valeria quedaron a la altura de aquellos frÃos y fieros ojos de rubÃ, encastrados en la piedra del Ãdolo. Y se perdió en ellos. Viajó, sin moverse del sitio, a otros lugares y otros tiempos. Se vio a sà misma, vestida con ropas anacrónicas, frente a un hombre corpulento, alto y enjuto, vestido de negro de cabeza a pies, que la miraba con ojos severos pero llenos de lujuria. Luego sintió las ataduras que rasgaban la piel de sus muñecas y tobillos, y el humo acre de una hoguera. Y el calor del fuego que ya lamÃa su piel, codicioso. Y supo qué le habÃa llevado al claro del bosque, quién era y cuál era su destino. Sus ojos, cuya mirada habÃa permanecido vidriosa durante un rato, volvieron a la vida. Miró a su alrededor, contemplando los rostros inexpresivos de las mujeres congregadas. Volvió a posar sus ojos sobre el Ãdolo pero este ya no era tal. Una oscura figura humana, alta y de complexión delgada, habÃa sustituido al Ãdolo de piedra. En aquella oscura silueta refulgÃan dos brillantes ojos. Valeria cerró los suyos y sintió un tacto suave y frÃo en su piel. El camisón resbaló de sus hombros y cayó al suelo, alrededor de sus tobillos. El cántico volvió a escucharse en la quietud de la noche mientras Valeria se hundÃa en la negrura más profunda, llevada por mil sensaciones nuevas y extrañas.
Cuando Valeria despertó, la luz del sol entraba a raudales por la ventana de su dormitorio. Despertó sintiéndose incómoda, mareada, con el cuerpo bañado en sudor. HabÃa tenido unos extraños sueños en los que el miedo y el placer estaban confusamente mezclados. Recordaba algunos detalles con extraordinaria nitidez y otros apenas eran destellos fugaces de la memoria. Algo que sà recordaba con claridad era el brillo Ãgneo de unos ojos.
Se levantó, dispuesta a darse una buena ducha, y al retirar los cobertores descubrió que las sábanas estaban manchadas de tierra húmeda. Y observando su entorno con mayor detenimiento, descubrió pisadas manchadas de tierra, sus pisadas, y ramitas y hojas secas esparcidas por el suelo de la habitación. ¿No habÃa sido todo un sueño? ¿Quizá habÃa vagado sonámbula por el bosque? No conocÃa la respuesta.
Entró en el baño y se desnudó, haciendo ademán de tirar el camisón en el cubo de la ropa sucia. Pero le pareció observar que estaba desgarrado y lo miró más atentamente para asegurarse de que era asÃ. Lo era. Con el camisón en las manos se miró en el espejo de cuerpo entero que habÃa en la pared. Este le devolvió la imagen aterradora de una mujer demacrada, con enormes ojeras bajo los ojos oscuros y el cabello totalmente blanco. Y sobre el seno izquierdo, como marcada a fuego, descubrió una señal extraña de color rojizo. La tocó con las yemas de los dedos. Estaba caliente y parecÃa palpitar. El contacto de sus dedos con el extraño sÃmbolo le trajo imágenes a la mente que le aseguraron que nada habÃa sido un sueño. Aquella habÃa sido la primera noche de muchas más, muchas más noches sin luna en el claro del bosque. Ahora ella era una más, la que esperaban, la que faltaba para completar el cÃrculo de trece.
©1999 Susana GarcÃa

