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El Palacio de Linares: Los fantasmas de un amor imposible
Los marqueses de Linares nunca tuvieron hijos, ni hicieron vida conyugal. El motivo de esta separación aún se desconoce. ¿Esconde el Palacio de Linares un secreto familiar oculto durante siglos?.
¡En el Palacio de Linares hay fantasmas!. En mayo de 1990, Televisión Española daba a conocer unas estremecedoras psicofonías captadas en el Palacio de Linares de Madrid por una desconocida doctora llamada Carmen Sánchez de Castro. En ellas podía apreciarse nítidamente la voz quejumbrosa de una niña que decía: “Mamá, mamá… Yo no tengo mamá”. Una mujer se lamentaba: “Mi hija Raimunda… Nunca oí decir mamá”. Otra psicofonía recogía una voz masculina que exclamaba: “¡Fuera… no, aquí no!”. Desde entonces, el Palacio de Linares se convirtió en el blanco de especulaciones sobre una supuesta tragedia familiar ocurrida en el seno de la familia Linares. El hecho de que la Policía desenmascarara a la supuesta doctora y psicóloga – una delincuente sobre la que pendía una orden de búsqueda y captura desde hacía diez años – no frenó la avalancha de parapsicólogos, investigadores y curiosos que invadieron el edificio en busca de la respuesta al misterio. ¿Fueron los marqueses de Linares hermanos? ¿Asesinaron y emparedaron a su propia hija en el palacio familiar?
El Palacio de Linares, hoy Casa de América, fue un encargo del marqués de Linares al arquitecto Carlos Colubí. Entre 1873 y 1888, Carlos Colubí, Manuel Aníbal Álvarez y Adolphe Ombrecht construyeron el suntuoso palacio, de estilo barroco francés.
Don José de Murga, marqués de Linares, era el segundo hijo del acaudalado financiero Mateo de Murga y Michelena y Margarita Reolid y Gómez. El 10 de junio de 1858, José se casó con Raimunda de Osorio y Ortega, miembro de una noble familia gallega. En 1873, el rey Amadeo I de Saboya concedió a José el título de marqués de Linares. Posteriormente, el marqués añadió a su noble currículum el título de vizconde de Llanteno y la Cruz de Isabel la Católica. Los marqueses de Linares dedicaron gran parte de su vida a financiar obras benéficas. Sin embargo, los esposos no hicieron vida conyugal. El marqués vivía en la planta baja del palacio y la marquesa en la planta superior. El matrimonio no tuvo hijos, pero adoptó la hija de uno de sus más fieles empleados, Federico Avecilla Aguado. Raimunda Avecilla, apodada cariñosamente “Mundita”, fue la alegría del matrimonio y l
a heredera del Palacio de Linares. De la otra niña que vivía en el palacio nada se sabe. La marquesa murió el 27 de octubre de 1901 y su esposo el 9 de abril de 1902, ambos a la edad de 69 años. Los marqueses de Linares reposan en la cripta del hospital de San José y San Raimundo, en Linares (Jaén, Andalucía). Y ahí acaba la versión oficial.
La leyenda cuenta que el padre del marqués de Linares vivió un tórrido romance con una humilde vendedora de tabaco, del que nació una hija. La fatalidad quiso que José de Murga se enamorara perdidamente de ella. Cuando José confesó a su padre la identidad de su novia, éste reaccionó mandando a su hijo a estudiar a Londres. Poco después, la muerte sorprendió al padre de José, quien volvió de Londres y se casó con su amada Raimunda. Un buen día, el marqués de Linares encontró una carta dirigida a él en el escritorio de su difunto padre. Entre lágrimas de incredulidad, el joven marqués leyó: “Te habrá sorprendido, querido hijo, mi reacción, después de haberte dicho tantas veces lo contrario, a la confesión de tu amor por la hija de la estanquera; ¡pero es que esa muchacha es tu hermana!”. La noticia cayó como una losa entre los amantes esposos, que decidieron recurrir al papa León XXIII. El Santo Padre les permitió vivir juntos, pero les conminó a vivir en castidad el resto de sus vidas. Meses después, Raimunda dio a luz a una hija fruto de su pecado. La leyenda dice que los esposos decidieron ahogar al bebé recién nacido y la emparedaron en una estancia del Palacio de Linares. Después se trasladaron a vivir en distintas plantas del palacio. Sin embargo, existen otras versiones sobre la supuesta hija que los marqueses tuvieron en común. Para algunos, la ahijada de la pareja, Raimunda Avecilla, era en realidad la hija natural de ambos, a la que decidieron adoptar para guardar las apariencias. Otros afirman que los marqueses enviaron a su hija recién nacida, a la que llamaron María Rosales, a un hospicio de un pueblo de Valladolid, donde pasó su juventud. En su espalda tenía tatuados el escudo familiar y en su brazo las iniciales M.L (Marqués de Linares), para que en un futuro pudiera reclamar su millonaria herencia. Las lenguas viperinas dicen que a pesar de la imposición de castidad los marqueses no pudieron resistirse a la pasión que sentían el uno por el otro y concibieron una segunda niña, a la que llamaron Sara.
Un año antes de que los medios de comunicación informaran de los extraños fenómenos ocurridos en el Palacio de Linares, éste ya había sido objeto de estudio de un prestigioso equipo de investigadores. Durante 1989, el Palacio de Linares fue cuidadosamente rastreado, analizado y fotografiado por el prestigioso equipo de parapsicólogos del sacerdote jesuita José María Pilón. Los investigadores confirmaron que en el Palacio había algo anormal. Frecuentemente, la temperatura de las habitaciones descendía hasta diez grados bajo cero, incluso en verano. La tranquilidad y quietud de la capilla del Palacio se veía interrumpida por el sonido de una música de órgano. Las fotografías reflejaban unos extraños campos energéticos que hacían presagiar la existencia de fantasmas o espíritus. El equipo del padre Pilón descubrió la existencia de una poderosa fuente de energía que parecía proceder de la capilla. La hipótesis de los investigadores contemplaba la posibilidad de que bajo el frío suelo de mármol se hallaran restos humanos. Paloma Navarrete, miembro del equipo, declaró haber visto el fantasma de una niña pequeña de cabello rizado y vestida de blanco que corría por el salón de baile. Ante estos hechos, la versión de que los marqueses y hermanos de Linares habían asesinado a la hija fruto de su pecado cobró mayor fuerza.
El informe definitivo que el Padre Pilón entregó al Ayuntamiento de Madrid el 4 de junio de 1989 concluía que el Palacio de Linares estaba invadido por campos energéticos cuyo origen se debía a un dramático desenlace familiar. Según el padre Pilón, el Palacio de Linares reunía las condiciones físicas adecuadas, dada su ubicación en una zona de corrientes subterráneas, para que se manifestaran fantasmas y espíritus.
Durante muchos años se dijo que sobre el Palacio de Linares pesaba una maldición centenaria. Los sucesivos propiet
arios del Palacio, la Confederación de Cajas de Ahorro y la empresa Teseo nunca llegaron a habitarlo. Los vigilantes de seguridad solicitaban su traslado en cuanto pasaban un par de noches en el edificio. En 1988 el empresario Emiliano Revilla adquirió el palacio, vendiéndolo un año después al Ayuntamiento de Madrid.
Hoy en día, transformado en la Casa de América, hay quienes dicen que algunas noches puede verse a los fantasmas de los marqueses, vagando desconsolados por sus respectivas habitaciones del palacio, cumpliendo así su eterna condena de separación. Y es que el amor, como dijo el poeta francés Charles Baudelaire, “es un crimen que no puede realizarse sin cómplice”.
Aqui os dejo unas cuantas psicofonias obtenidas en el palacio.
Mi hija Raimunda
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Ya estaba muerta
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Al poco de llegar, es informado de que el ambiente festivo y engalanamiento de la villa se debe a que Isabel de Segura acaba de desposarse. La presión de la familia y un pretendiente muy principal, han acelerado el enlace.
i algo se le rompiera por dentro. Cae fulminado al suelo. Ha muerto.
Al santuario de San Andrés de Teixido, situado en el municipio de Cedeira, la tradición popular gallega le atribuye una característica muy particular: la de ser destino final del peregrinaje de almas en pena.
Las almas más desafortunadas, en cambio, se materializan en objetos inanimados, motivo por el cual el romero se cuidará de no patear ninguna piedra que encuentre por el camino. Es más, constituye su deber coger al menos una y portarla hasta el santuario, ayudándole así a conseguir un descanso eterno que de otra manera no podría obtener.
ía ayudar a mejorar a los enfermos si estos lo deseaban. En caso de que la dolencia fuese muy grave, el enfermo debía acudir a la romería llevando a cuestas su propio ataúd para dejarlo en la iglesia al llegar, suponemos que bajo la creencia de que la Muerte se quedaría allí con él. La afluencia de enfermos llegaba a tal extremo que se generaba una macabra procesión conocida como la “procesión de los ataúdes”.
Si somos capaces de escuchar con atención el relato de algunas viejas historias, es posible que entre las palabras oigamos rumores de hojas movidas por el viento, pisadas misteriosas en la hojarasca seca de otoño, lejanos ecos de tajos de astrales mordiendo leña… en algún momento, el relato se verá salpicado por cristalinas aguas de fuentes de montaña, e incluso, algunos serán capaces de escuchar el silencio gélido de las oscuras aguas de los ibones, profundidades misteriosas de las que en ocasiones salen voces, gritos y llantos, como podéis oir en las orillas del ibón de Estanés si sois capaces de pasar allí la noche de San Juan o Sanchuan.
Cuando alguien penetra en el interior del bosque, se ve rodeado de cambiantes destellos de luces del sol, sombras voladoras de pájaros, pisadas huidizas de jabalines, el sonido de la piel del onso al restregarse contra el tronco de un árbol, el silbido del viento entre las ramas y los tonos variadísimos de sus crujidos… todo un mundo de misterio que sobrepone el alma y castiga la mente con preguntas sin respuesta. Es el temor por lo desconocido, es la humildad de hombres y mujeres ante la grandiosidad de la naturaleza, y es la necesidad de explicarse y explicar lo que nos rodea, lo que convierte el bosque en el templo sagrado y el árbol en el dios del primitivo habitante pirenaico. Y esto es común a todos los seres humanos en el principio de los tiempos. Hindúes y celtas, egipcios y germánicos desarrollaron culturas dendrolátricas, adoradoras de árboles y todo lo que se desprende de ello: prácticas rituales, adivinación, medicina, sacrificios…
Los pobladores de los Pirineos a través de los milenios compartieron por supuesto muchas de estas creencias, y su memoria aún pervive. Entre todos los árboles, en el Pirineo aragonés sobresalen con personalidad mágica propia el caxico o cajico, como llaman al roble, y la carrasca, como denominan a la encina. Los dos, del mismo género, quercus. Son árboles divinos, que atraen más que los otros el poder del rayo, simbolizan la fuerza, la longevidad, la altura. Tanto en el mundo celta como en el helénico, representaron el eje del mundo, y sirvieron de comunicación entre el cielo y la tierra. La antigüedad de esta creencia en esta parte de España, se pone de manifiesto en las palabras aragonesas que se conservan para designarlos, cuyas raíces, según los expertos, son prerromanas, cassus para caxico, y el prefijo karr, para carrasca.
Una tarde de agosto de 1590 un hombre viejo, con aspecto cansado, estaba a punto de sucumbir y apareció ante sus ojos una modesta casería, cercana al Puente de la Sierra. Decidió pedir asilo para pasar la noche. Dijo a los dueños del lugar que venía de muy lejos y se dirigía a Jaén, pero como ya estaba anocheciendo le rogaba que le dejaran pernoctar bajo techo, porque a su llegada a la ciudad encontraría las puertas cerradas. La familia de labradores, muy piadosos y humanitarios, no dudaron un instante en concederle hospitalidad.
Al día siguiente, poco antes de la cena, volvió a presentarse el venerable anciano, que relató la impresión que le causó la santa faz de Jesús. Apenas si comió porque estaba muy cansado y decidió acostarse temprano, pero antes indicó a los labriegos que permanecería en la habitación varios días sin salir hasta finalizar su obra. Que no se preocupasen ni entraran en ella hasta que hubiera concluido.
Cuando se repusieron de su asombro, los labradores buscaron algún rastro del viejo caminante que había realizado tan magnífica obra, pero solo hallaron una nota que les decía: «a través de esta imagen, amarle con todo el corazón, en la seguridad de que nunca os abandonará».
